El pueblo imaginado: a quién hablan los populistas cuando dicen hablar por todos

El populismo se ha convertido en una de las palabras centrales de la política contemporánea, pero también en una de las más elásticas. Se aplica a líderes de derecha y de izquierda, a partidos nacionalistas, movimientos obreros, campañas contra la corrupción y discursos antisistema. Esa amplitud no es un accidente: forma parte de su potencia.…

El populismo se ha convertido en una de las palabras centrales de la política contemporánea, pero también en una de las más elásticas. Se aplica a líderes de derecha y de izquierda, a partidos nacionalistas, movimientos obreros, campañas contra la corrupción y discursos antisistema. Esa amplitud no es un accidente: forma parte de su potencia. Como recuerda el análisis de Clara Juarez Miro publicado originalmente en The Conversation, el populismo se apoya en una oposición aparentemente sencilla: “el pueblo” frente a “las élites”. La pregunta decisiva, sin embargo, es menos sencilla: ¿quién entra realmente en ese “pueblo”?

La definición académica más influyente, asociada al politólogo Cas Mudde, describe el populismo como una “ideología delgada”: no ofrece por sí sola un programa completo, sino una forma de dividir la sociedad en dos campos moralmente enfrentados, el “pueblo puro” y la “élite corrupta”. Por eso puede combinarse con ideologías más densas: nacionalismo en la derecha, socialismo o justicia económica en la izquierda, e incluso mezclas difíciles de ubicar en el eje clásico. Esa “delgadez” explica que figuras muy distintas puedan presentarse como portavoces de los olvidados, los trabajadores, la nación, los contribuyentes, los creyentes o la mayoría silenciosa.

El núcleo del problema está en que “el pueblo” no es una categoría descriptiva neutral, sino una construcción política. No equivale simplemente a la ciudadanía, ni a la mayoría electoral, ni a las clases populares. Cada líder lo delimita de forma interesada. Marine Le Pen, por ejemplo, ha reformulado el discurso de la extrema derecha francesa en torno a la defensa de “la forma de vida francesa” y la prioridad para las familias francesas. Vox, en España, invoca con frecuencia al “pueblo español” frente a un gobierno presentado como ilegítimo o traidor. Sahra Wagenknecht, en Alemania, combina demandas económicas de izquierda con posiciones restrictivas sobre migración, apelando a sectores que se sienten abandonados por la política tradicional.

Esa plasticidad permite incluir, pero también excluir. El populismo no solo dice quiénes son “los nuestros”; también señala quiénes quedan fuera: élites económicas, medios de comunicación, jueces, burócratas, inmigrantes, minorías culturales, tecnócratas, globalistas o ricos, según el caso. En la derecha, la frontera suele trazarse con criterios nacionales, culturales o religiosos; en la izquierda, con más frecuencia, mediante la división entre clases populares y privilegiados. Pero en ambos casos hay una operación común: transformar una sociedad plural, llena de intereses contradictorios, en una comunidad moralmente unificada.

La aportación más interesante del estudio de Juarez Miro es que no se limita a analizar a líderes y partidos, sino a sus simpatizantes. Su investigación examinó 6.000 interacciones en comunidades digitales y 33 entrevistas en profundidad con partidarios de populismos de derecha e izquierda en Estados Unidos y España. El hallazgo central es que la identificación con “el pueblo” funciona en tres planos: imaginado, sentido y vivido. Los seguidores suelen imaginar al pueblo como trabajador, digno y poseedor de sentido común; lo sienten mediante emociones intensas de lealtad, agravio, orgullo o miedo; y lo viven en actos de participación, desde mítines y protestas hasta conversaciones en redes sociales.

Esto ayuda a entender por qué el populismo no puede reducirse a una lista de promesas simples. También ofrece pertenencia. En sociedades donde muchas personas creen que las instituciones no las escuchan, el mensaje populista produce reconocimiento: “ustedes no están solos; ustedes son el verdadero país”. Los datos internacionales muestran que ese terreno emocional existe. Ipsos, en una encuesta de 2025 en 31 países, encontró que siguen siendo fuertes las percepciones de que el sistema está roto, que la economía favorece a ricos y poderosos y que se necesita un líder fuerte para “recuperar” el país. Pew Research Center halló, en 24 países, que una mediana del 74% cree que los funcionarios electos no se preocupan por personas como ellos.

Ese malestar no es inventado. Muchas democracias enfrentan desigualdad, precariedad, pérdida de confianza, polarización y crisis de representación. International IDEA advirtió en 2024 que la democracia seguía deteriorándose en áreas como representación y derechos, y que la credibilidad electoral había empeorado en más de una quinta parte de los países evaluados respecto de cinco años antes. En ese contexto, el populismo puede cumplir una función de alarma: pone en palabras agravios que los partidos tradicionales han ignorado. El riesgo aparece cuando esa alarma se convierte en monopolio moral.

Jan-Werner Müller resume ese peligro: el populista no afirma solo representar a una parte legítima de la sociedad, sino que él —y solo él— representa al pueblo verdadero. De ahí deriva su choque con el pluralismo. Si quienes discrepan son “enemigos del pueblo”, la oposición deja de ser adversaria democrática y pasa a ser amenaza. V-Dem, en su informe de 2026, muestra un panorama global preocupante: 44 países estaban en procesos de autocratización en 2025 y la libertad de expresión era uno de los ámbitos más atacados.

La pregunta, entonces, no es si los populistas hablan “del pueblo”, porque claramente lo hacen. La pregunta es qué pueblo fabrican con sus palabras, a quién reconocen, a quién silencian y qué instituciones están dispuestos a debilitar en nombre de esa supuesta voluntad única. La democracia también se basa en el pueblo, pero entendido como pluralidad: ciudadanos diversos, con conflictos reales, derechos compartidos y reglas comunes. Cuando alguien dice hablar por todos, conviene escuchar con atención; pero conviene todavía más preguntar quién queda fuera de ese “todos”.

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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