, ,

El fascismo pierde la vergüenza: la brigada paramilitar de Trump suma otra víctima mortal, un colombiano

Once muertos bajo el silencio cómplice: la violencia estructural contra la inmigración se normaliza en Estados Unidos Estados Unidos atraviesa un momento en el que el fascismo, lejos de ocultarse tras retóricas edulcoradas, camina con la cabeza erguida, sin complejos ni pudor. La noticia ha sacudido los rincones más vulnerables de la sociedad estadounidense: un…

Once muertos bajo el silencio cómplice: la violencia estructural contra la inmigración se normaliza en Estados Unidos

Estados Unidos atraviesa un momento en el que el fascismo, lejos de ocultarse tras retóricas edulcoradas, camina con la cabeza erguida, sin complejos ni pudor. La noticia ha sacudido los rincones más vulnerables de la sociedad estadounidense: un migrante colombiano de 26 años ha sido asesinado en Maine por un agente de la brigada paramilitar que Donald Trump ha desplegado en todo el país para “proteger las fronteras”. Es la undécima muerte bajo esta política de terror, la segunda en menos de una semana. Y, como es costumbre, la versión oficial de la Casa Blanca repite el mismo guion gastado: el agente disparó en defensa propia.

Los vídeos que han comenzado a circular, sin embargo, cuentan una historia muy distinta. En las imágenes no se observa amenaza alguna por parte del joven colombiano. No hay arma, no hay movimiento hostil, no hay nada que justifique el disparo que le arrebató la vida. Pero en la era Trump, la verdad importa menos que la narrativa. La administración ha construido un relato en el que el migrante es siempre el agresor potencial, el enemigo interno, la amenaza existencial que justifica cualquier exceso.

La normalización de la muerte

Once muertos. Once vidas truncadas bajo el peso de una política migratoria que ha abandonado cualquier pretensión de humanidad. La cifra podría parecer pequeña en comparación con las decenas de miles de deportaciones, pero cada una de estas muertes representa un fracaso sistemático del Estado de derecho. No son accidentes ni incidentes aislados; son la consecuencia lógica de un discurso que deshumaniza al migrante, que lo reduce a una categoría jurídica inferior, que lo sitúa fuera del círculo de protección que la sociedad otorga a sus ciudadanos.

La brigada paramilitar de Trump —ese cuerpo de agentes sin el entrenamiento ni la supervisión adecuados— opera con impunidad. Sus miembros saben que cuentan con el respaldo del poder ejecutivo, que sus acciones serán justificadas, que la maquinaria de propaganda gubernamental se encargará de tergiversar los hechos. Y en este contexto, la muerte de un migrante colombiano en Maine no es una tragedia: es un síntoma.

El guion repetido

La versión oficial es siempre la misma: “el agente actuó en defensa propia”. Es una frase que se ha convertido en un mantra, en un conjuro que pretende disipar cualquier duda. Pero los vídeos no mienten. En las grabaciones filtradas, el joven colombiano aparece desarmado, confundido, probablemente aterrorizado ante la presencia de quienes deberían garantizar su seguridad. No hay forcejeo, no hay resistencia violenta, no hay nada que se asemeje a un ataque inminente.

Sin embargo, la Casa Blanca insiste. El fiscal general, los portavoces del gobierno, los analistas afines repiten el estribillo: “defensa propia”. Es un mecanismo perverso que convierte a la víctima en verdugo y al verdugo en víctima. Es la inversión completa de la realidad, el triunfo del cinismo sobre la justicia.

La impunidad como política de Estado

Once muertos. Once casos en los que la versión oficial ha sido puesta en duda por evidencias independientes. Once muertes que no han generado ni una sola condena judicial contra los agentes implicados. La impunidad no es un efecto secundario no deseado: es la política deliberada de una administración que ha decidido que el costo humano de su guerra contra la inmigración es aceptable.

El fascismo, en su nueva encarnación estadounidense, ha perdido la vergüenza. Ya no necesita disfrazarse de patriotismo, ya no requiere eufemismos para ocultar su naturaleza violenta. Se presenta sin máscaras, con la brutalidad explícita de quienes saben que no enfrentarán consecuencias. Y la sociedad, aturdida por la constante repetición de estas noticias, corre el riesgo de normalizar lo que debería indignarla.

El silencio cómplice

Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre la administración Trump. El silencio de gran parte de la clase política, la pasividad de los medios de comunicación que tratan estas muertes como incidentes menores, la indiferencia de una ciudadanía que ha aprendido a convivir con la violencia institucional: todos son cómplices de esta tragedia.

El migrante colombiano asesinado en Maine no es solo una estadística. Es un hijo, un hermano, un ser humano que cruzó fronteras en busca de un futuro mejor y encontró la muerte a manos de quienes juraron protegerlo. Su sangre se suma a la de los otros diez, como un recordatorio escalofriante de lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin límites ni controles.

Estados Unidos, que se erige como faro de libertad y democracia, está traicionando sus principios más fundamentales. La vergüenza no la han perdido solo los agentes que disparan, sino todo un sistema que los respalda, que justifica sus actos, que prefiere callar antes que enfrentar la verdad.

Once muertos. Once vidas que no volverán. Y un país que sigue mirando hacia otro lado, mientras el fascismo, sin pudor ni hesitación, continúa su marcha implacable.

Generado por Deepseek v4 flash thinking

About the Author

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

BlockSpare — News, Magazine and Blog Addons for (Gutenberg) Block Editor

Accede a los archivos

Búsqueda en el histórico