Dios no estaba en los detalles (ni en los tornillos): sobre la cruz que se cayó en Guayaquil

Hay noticias que parecen escritas por un guionista con demasiada confianza en la metáfora. Un sacerdote murió tras la caída de una enorme cruz de madera sobre su cabeza. La tragedia ocurrió durante una misa en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en el sur de Guayaquil. El sábado 17 de octubre de 2026,…

Hay noticias que parecen escritas por un guionista con demasiada confianza en la metáfora. Un sacerdote murió tras la caída de una enorme cruz de madera sobre su cabeza. La tragedia ocurrió durante una misa en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en el sur de Guayaquil. El sábado 17 de octubre de 2026, el padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari, integrante de la Congregación del Santísimo Redentor, oficiaba la misa diaria cuando durante un rezo, la cruz que estaba colgada en el altar se desprendió y cayó sobre él.

Que descanse en paz, y que conste desde el primer párrafo: nada de lo que sigue va contra él. Va contra el sistema de ideas que, en las próximas semanas, intentará explicar por qué pasó lo que pasó sin mencionar jamás la palabra “anclaje”.

La providencia tiene un problema de relaciones públicas

Empecemos por el nombre del templo. Perpetuo Socorro. Perpetuo. Socorro. Si uno dirigiera el departamento de marketing celestial, lo primero que haría el lunes es pedir una reunión urgente. Porque los feligreses trataron de socorrerlo y pedían desesperadamente que se llamara a una ambulancia, lo cual es exactamente lo que uno esperaría de seres humanos decentes, y exactamente lo contrario de lo que promete el rótulo de la puerta.

Aquí aparece la primera grieta —no en la pared, sino en la teología—. La doctrina sostiene que un ser omnisciente y omnipotente vigila cada gorrión que cae del cielo. Pues bien: cayó algo bastante más grande que un gorrión, en Su propia casa, sobre Su propio empleado, en Su propio horario de atención al público, y el gorrión celestial no movió una pluma. O no estaba mirando, o estaba mirando y le pareció bien. Ninguna de las dos opciones queda muy bien en el folleto.

El eufemismo como anestesia

La respuesta oficial llegó rápido. “Informamos que nuestro querido P. Patricio Alfredo Sánchez Molinari, CSsR., quien se desempeñaba como párroco de la iglesia Perpetuo Socorro en la Vicaría Centro, ha partido a la Casa del Padre”, expresó la institución. Y la Arquidiócesis de Guayaquil confirmó el fallecimiento del religioso mediante un comunicado suscrito por el cardenal Luis Cabrera Herrera, arzobispo de Guayaquil. En el pronunciamiento, la Iglesia expresó su solidaridad y condolencias a la comunidad redentorista, así como a los familiares y amigos del sacerdote.

Fíjense en la maquinaria lingüística. No murió aplastado por un objeto litúrgico mal sujeto: partió a la Casa del Padre. Es admirable. Es el único gremio del planeta capaz de convertir un accidente laboral en un ascenso. Si a un electricista le cae una viga, hay inspección, informe y responsables. Si le cae a un párroco, hay oración. El mensaje fue acompañado por una oración y generó numerosas muestras de despedida y condolencias. Lo que no se sabe es si fue acompañado por una llamada a un carpintero.

El milagro que no se produjo (y el que sí)

Vamos a lo que de verdad incomoda. Si la cruz se hubiera balanceado y detenido a un centímetro de la cabeza del sacerdote, hoy habría peregrinaciones a Calicuchima y José Mascote, estampitas, un programa especial en la televisión y un obispo hablando de “signo”. El mecanismo es infalible: cuando la viga no cae, es Dios; cuando cae, es la madera. La fe es el único contrato donde todas las cláusulas favorables van a una parte y todas las excepciones a la otra.

Y, sin embargo, hubo un milagro. Uno pequeño, de los que no salen en los evangelios: el momento de la tragedia quedó registrado en un video de la misa, que se transmitía por redes sociales. Dos mil años buscando pruebas documentales de una intervención divina, y lo primero que la cámara capta con nitidez es su ausencia. La estructura cayó directamente sobre el sacerdote, en una secuencia que quedó registrada cerca del minuto 27 de la transmisión. Veintisiete minutos de plegaria ininterrumpida, en directo, y el resultado es un documento que ningún creyente querrá citar en un debate.

Lo que sí funciona: la gravedad

Aquí está el núcleo de la crítica, y no es ninguna broma: la gravedad acudió a su cita, sin retraso, con la misma puntualidad con la que acude en una mezquita, en un gimnasio o en un estudio de tatuajes. No pide fe, no exige diezmo, no distingue entre justos y pecadores. Es, con perdón, la única entidad verdaderamente ecuménica del universo. Si los templos se construyeran con la misma reverencia hacia la física que hacia la liturgia, posiblemente esta columna no existiría.

Lo escandaloso no es que una cruz se caiga. Es que, en una institución con dos milenios de experiencia colgando cosas en paredes, la respuesta cultural por defecto siga siendo interpretar el suceso en clave de misterio y no de mantenimiento. “Los caminos del Señor son inescrutables”, dirán. Los caminos del Señor serán inescrutables; los tacos de expansión no. Vienen con instrucciones.

Un cierre sin sermón

Un hombre murió haciendo su trabajo, rodeado de gente que lo quería y que, según todas las crónicas, hizo lo humano: gritar, correr, pedir ayuda. Eso merece respeto absoluto. Lo que no merece respeto automático es el relato que ya se está montando alrededor: que fue voluntad divina, que fue un signo, que ahora está mejor. Son frases diseñadas para que nadie haga la única pregunta útil: ¿quién revisó el soporte, y cuándo?

Si de esta tragedia sale una inspección seria de todos los objetos pesados colgados sobre los altares de Guayaquil, habrá servido para algo tangible. Si solo sale una novena, la próxima cruz volverá a tener la última palabra. Y la gravedad, como siempre, volverá a estar en misa.


Fuentes consultadas

Generado por Claude Fable 5.1 search

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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