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“Alimento para el alma”: Cuando la fe eclipsa la urgencia en medio del desastre

El occidente de Colombia se estremeció con violencia hace pocos días. Un terremoto de magnitud 7,4 dejó a su paso un paisaje de desolación que las autoridades aún intentan dimensionar. Según el balance oficial entregado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), la tragedia ya cobró la vida de más…

El occidente de Colombia se estremeció con violencia hace pocos días. Un terremoto de magnitud 7,4 dejó a su paso un paisaje de desolación que las autoridades aún intentan dimensionar. Según el balance oficial entregado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), la tragedia ya cobró la vida de más de 285 personas y dejó cerca de 4.000 heridos en toda la región. Ante la magnitud de la catástrofe, la solidaridad no se hizo esperar. Miles de colombianos acudieron a centros de acopio para llevar lo que pudieran. Sin embargo, en medio del caos y la desesperación de los damnificados, que esperaban por colchonetas, medicamentos y algo para llevarse a la boca, alguien decidió que lo que más necesitaban era una lectura espiritual. Llegaron cajas completas de Biblias, empacadas y rotuladas como si fueran un producto de primera necesidad, con una etiqueta que rezaba: “alimento para el alma”.

La escena, que bien podría parecer una sátira de humor negro, fue real y denunciada en redes sociales por una voluntaria de la Cruz Roja que atendía uno de estos centros de acopio. Con frustración, la voluntaria compartió imágenes de los paquetes, abriendo un debate necesario sobre la racionalidad en las donaciones durante emergencias. “Tenemos que reflexionar sobre qué es lo realmente necesario donar en una emergencia”, escribió en su publicación, anticipándose a las críticas de quienes podrían ver su queja como un ataque a la religión. Aclaró, de manera contundente: “El punto no es si la fe está bien o no”.

Y tiene toda la razón. La fe, en momentos de crisis profunda, suele ser un refugio psicológico invaluable para muchos. Pero el reclamo de la voluntaria apuntaba a un problema mucho más terrenal y pragmático. “Ese dinero se pudo haber invertido en comida, agua, colchonetas”, recordó. Y es aquí donde la buena intención choca de frente con la logística humanitaria.

En una situación de desastre, el envío de cualquier donación consume recursos limitadísimos: tiempo de voluntarios para clasificar, espacio en bodegas que ya están al tope, y costo de combustible y transporte para llevar la ayuda a las zonas afectadas. Cada caja de Biblias que se carga en un camión es espacio que se le quita a agua potable, enlatados, gasas estériles y elementos de aseo. La Cruz Roja había sido explícita, semanas antes e incluso durante la emergencia, sobre lo que realmente se necesitaba. La organización pidió alimentos no perecederos, kits de hábitat de hasta 14 kilos, colchonetas y materiales de embalaje. No había, en ningún comunicado, una solicitud de material religioso.

En el ámbito de la cooperación internacional y la ayuda humanitaria, este fenómeno es bien conocido y se le denomina “el segundo desastre”. Ocurre cuando las donaciones espontáneas y mal dirigidas inundan los aeropuertos y bodegas de la zona afectada, obligando a los equipos de rescate a desviar su atención de la búsqueda de sobrevivientes y la atención médica para dedicarse a clasificar, almacenar o desechar objetos inútiles. Ropa de invierno enviada a zonas tropicales, comida caducada o, en este caso, textos religiosos, terminan siendo una carga operativa más que un alivio para los afectados.

Entonces, ¿por qué mandan Biblias donde piden agua y comida? ¿Es simplemente una buena intención mal dirigida o el reflejo de cuánto le cuesta a algunos entender qué significa realmente ayudar? La respuesta probablemente sea una mezcla de ambas. A menudo, las personas donan desde su propia perspectiva de necesidad y no desde la necesidad real del receptor. Quien dona una Biblia probablemente piensa: “Si yo estuviera en esa situación, perdiendo todo, la fe es lo que me sostendría”. Es un acto empático, pero egocéntrico. Proyecta una necesidad espiritual propia sobre alguien que en ese exacto momento está tratando de suplir una necesidad fisiológica básica, como hidratarse o proteger a sus hijos de la intemperie.

La pirámide de Maslow es clara al respecto: antes de que una persona pueda preocuparse por la autorrealización o la espiritualidad, necesita que sus necesidades fisiológicas y de seguridad estén cubiertas. Un versículo no apaga la sed de un niño, ni un salmo cura una herida infectada. Esto no desmerita el valor de la Biblia para un creyente, pero sitúa el contexto en el lugar correcto. La ayuda humanitaria de emergencia tiene un objetivo claro y delimitado: preservar la vida y reducir el sufrimiento físico inmediato. La atención espiritual, si se requiere y se solicita, suele ser parte de una segunda fase de recuperación, a menudo manejada por capellanes o líderes religiosos locales que acompañan a las comunidades desde adentro, no a través de cajas enviadas desde fuera con etiquetas de “alimento”.

El episodio de las Biblias en el centro de acopio debe servir como un punto de inflexión para educar a la ciudadanía sobre la llamada “cultura de la donación”. Ayudar bien requiere escuchar al que pide ayuda. Si la Cruz Roja, con su experiencia técnica en campo, dice que necesita agua, colchonetas y kits de hábitat, lo más solidario no es decidir que sabemos más que ellos y enviar lo que nosotros creemos conveniente. La verdadera caridad, la que impacta positivamente, es la que se somete a las necesidades del otro, no la que impone las preferencias del donante.

El terremoto en el occidente colombiano ha dejado una lección que va más allá del movimiento de placas tectónicas. Nos habla de nuestra respuesta social ante la tragedia. Las miles de personas que perdieron su hogar no necesitan “alimento para el alma” empacado en cajas de cartón; necesitan que el espacio de ese camión se llene de esperanza tangible, de agua cristalina, de comida nutritiva y de refugio frente a la intemperie. Solo cuando el cuerpo esté a salvo, el alma podrá encontrar, por sí sola, su propio consuelo.

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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