La racialización de las segundas generaciones: cuando el DNI no basta para pertenecer
Hay una pregunta que miles de jóvenes en España escuchan desde la infancia y que no deja de repetirse en la edad adulta: “¿pero tú de dónde eres realmente?”. La formulan compañeros de clase, vecinos, jefes de recursos humanos y, en su versión más severa, agentes de policía que solicitan la documentación en una boca de metro. Es una pregunta aparentemente inocua que encierra una operación política precisa: establecer quién pertenece y quién no, con independencia de lo que diga el registro civil. Nacer aquí, crecer aquí, tener nacionalidad española y hablar con acento de Vallecas, de Nou Barris o de la Macarena no garantiza el reconocimiento pleno como ciudadano. La piel, el nombre, el pelo o el pañuelo funcionan como un pasaporte simbólico que anula al legal.

Una segunda generación que ya es primera
España dejó de ser un país de emigración hace tres décadas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, cerca de nueve millones de personas residentes en el país nacieron en el extranjero, y más de seis millones tienen nacionalidad extranjera. Pero el dato relevante para este debate es otro: los hijos e hijas de aquellas migraciones de los años noventa y dos mil son hoy adultos. Estudian en la universidad, trabajan, votan, pagan impuestos y ocupan un espacio cultural propio. Son, en sentido estricto, españoles. Y, sin embargo, el lenguaje público sigue llamándolos “segunda generación de inmigrantes”, una etiqueta que perpetúa una extranjería hereditaria: se puede ser inmigrante sin haber emigrado jamás.
La propia legislación contribuye a ese limbo. España no aplica el ius soli automático: nacer en territorio español no otorga la nacionalidad si los progenitores son extranjeros. Hay que esperar, en el mejor de los casos, un año de residencia legal y superar un procedimiento administrativo que se dilata con frecuencia por la saturación de los registros civiles. La Ley de Extranjería, señalada reiteradamente por organizaciones como SOS Racismo, la Red Acoge o el movimiento #RegularizaciónYa —que reunió más de 700.000 firmas para una Iniciativa Legislativa Popular—, construye una arquitectura de derechos escalonados en la que unas personas nacen con papeles y otras deben demostrar durante años que merecen tenerlos. Esa jerarquía jurídica se traduce después en jerarquía social, y la jerarquía social se lee en los cuerpos.
Perfiles étnicos: la ley de la sospecha
El caso más nítido de racialización institucional son las identificaciones policiales por perfil étnico. En 2009, el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas condenó a España en el caso de Rosalind Williams, ciudadana española de origen afroamericano identificada en la estación de Valladolid por el color de su piel, mientras el resto de viajeros continuaba su camino. La respuesta del Estado fue tibia, y quince años después la práctica persiste: informes de Rights International Spain, de la plataforma Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos y de la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI) del Consejo de Europa han documentado que las personas percibidas como no blancas tienen una probabilidad varias veces mayor de ser paradas en la calle. La ECRI ha reclamado a España en sucesivos informes que prohíba expresamente el racial profiling y que garantice mecanismos de rendición de cuentas policial. Sigue sin hacerlo.
El efecto de esa vigilancia diferencial no es solo la humillación puntual. Es la interiorización de que uno vive bajo sospecha permanente en su propio país.
Vivienda, empleo, aula
La discriminación es sistémica porque no depende de la mala voluntad individual, sino de rutinas institucionales. En vivienda, el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica (CEDRE) y diversos estudios de “testing” han acreditado que anuncios inmobiliarios rechazan a solicitantes por origen: el clásico “no extranjeros” que ninguna agencia escribe ya, pero que se ejecuta por teléfono. En empleo, experimentos de envío de currículums idénticos con nombres distintos muestran que un candidato llamado Mohamed o Ibrahima recibe sensiblemente menos llamadas que uno llamado Javier, con la misma formación y la misma dirección. En la escuela, la segregación por centros concentra al alumnado racializado en la red pública de determinados barrios, mientras la concertada actúa como filtro social; el resultado son itinerarios académicos truncados, sobrerrepresentación en Formación Profesional básica y una expectativa docente rebajada que opera como profecía autocumplida.
A ello se suma la violencia simbólica de la representación: informativos que asocian delincuencia y origen, ficción que reserva a los cuerpos no blancos el papel de camello, trapicheo o víctima exótica, y una escasez casi absoluta de referentes racializados en puestos de decisión política, judicial o mediática. El Ministerio del Interior contabiliza cada año varios cientos de delitos de odio de motivación racista, pero todas las entidades coinciden en la enorme infradenuncia: quien desconfía de la policía no acude a la policía.
Antirracismo, no tolerancia
Frente a esto, el discurso de la “integración” resulta insuficiente cuando no directamente injusto: exige a los hijos del país que se integren en el país donde nacieron. Lo que está en cuestión no es su capacidad de adaptación, sino la voluntad social de reconocerlos.
Las salidas son conocidas y llevan años sobre la mesa: derogar o reformar en profundidad la Ley de Extranjería, cerrar los CIE, ampliar el acceso a la nacionalidad para los nacidos en España, prohibir explícitamente las identificaciones por perfil étnico y establecer registros de las mismas, desarrollar con recursos y capacidad sancionadora la Ley 15/2022 integral para la igualdad de trato, combatir la segregación escolar y producir estadísticas desagregadas que permitan medir la desigualdad racial en lugar de negarla bajo el mito del “aquí no somos racistas”.
Mientras tanto, una generación entera sigue negociando cada día su derecho a existir sin explicaciones. Son españoles por ley. Falta que dejen de ser extranjeros por la piel.
Generado por Claude Opus 5 low




