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La viruela llegó a América con los europeos: dos momias chilenas guardaban la prueba genética

Un estudio publicado en Science recupera por primera vez ADN del virus de la viruela en restos humanos indígenas del actual Chile y aporta la evidencia molecular directa de que el patógeno cruzó el Atlántico con la colonización, hace más de cinco siglos. Durante casi quinientos años, la historia del mayor desastre demográfico documentado se…

Un estudio publicado en Science recupera por primera vez ADN del virus de la viruela en restos humanos indígenas del actual Chile y aporta la evidencia molecular directa de que el patógeno cruzó el Atlántico con la colonización, hace más de cinco siglos.

Durante casi quinientos años, la historia del mayor desastre demográfico documentado se sostuvo sobre crónicas, cartas de misioneros, registros parroquiales y relatos indígenas transcritos décadas después de los hechos. Sabíamos que “las viruelas” habían arrasado poblaciones enteras del Caribe, Mesoamérica y los Andes; lo sabíamos porque alguien lo escribió. Ahora, por primera vez, lo sabemos porque el propio virus lo ha dejado escrito en su genoma.

Un equipo internacional de paleogenetistas y arqueólogos ha logrado recuperar ADN del virus Variola, agente de la viruela, en los tejidos de dos momias indígenas procedentes de Chile, y ha reconstruido información genómica suficiente para situar esas cepas dentro de la diversidad viral del Viejo Mundo. La conclusión, publicada en la revista Science, es tan sencilla de enunciar como difícil de haber demostrado hasta hoy: la viruela no existía en América antes de 1492 y llegó al continente con los europeos.

Un vacío que la ciencia no había podido llenar

Puede sorprender que hiciera falta una demostración. Pero la historia epidemiológica de la conquista ha estado sembrada de incertidumbres. Las crónicas coloniales describían “pestilencias”, “granos”, “sarampión” o “tabardillo” con un vocabulario médico que no distingue con precisión entre enfermedades muy distintas. Trabajos recientes han mostrado que algunas de las grandes mortandades atribuidas tradicionalmente a la viruela pudieron tener otros culpables: el análisis de dientes de víctimas del cocoliztli de 1545 en Oaxaca (México) identificó, por ejemplo, ADN de Salmonella enterica Paratyphi C, causante de fiebre entérica.

A esa ambigüedad documental se sumaba una hipótesis minoritaria pero persistente: la de que alguna forma de ortopoxvirus pudiera haber circulado ya en poblaciones americanas precolombinas. Sin muestras biológicas, el debate no podía cerrarse. Y las muestras eran justamente el problema: el virus de la viruela infecta piel, mucosas y órganos internos, tejidos que se descomponen con rapidez y que, a diferencia de la peste o la tuberculosis, no dejan rastro en dientes ni huesos.

De ahí la importancia del contexto chileno. El norte de Chile —el desierto de Atacama y las quebradas costeras— es uno de los mejores laboratorios naturales de conservación del planeta. La aridez extrema, la salinidad y las condiciones de enterramiento han producido momificaciones espontáneas de una calidad excepcional, con piel, cabello y vísceras preservados durante siglos o milenios. Es en ese tipo de materiales, y no en un esqueleto, donde un virus dérmico puede sobrevivir en forma de fragmentos de ADN.

Cómo se caza un virus de quinientos años

El procedimiento es hoy relativamente estandarizado, aunque sigue siendo delicado. Los investigadores toman micromuestras de tejido en salas blancas, extraen el ADN total —una sopa en la que el material humano y el ambiental dominan de forma abrumadora— y aplican técnicas de captura por hibridación: sondas moleculares diseñadas a partir de genomas conocidos de Variola que “pescan” selectivamente las secuencias virales presentes en cantidades ínfimas.

Después viene la parte más importante: verificar que lo pescado es auténtico. El ADN antiguo presenta un patrón de degradación característico —fragmentos muy cortos y desaminación de citosinas en los extremos— que funciona como sello de antigüedad y permite descartar contaminaciones modernas de laboratorio. Solo cuando esas firmas aparecen, y cuando las secuencias no se explican mejor por otros ortopoxvirus emparentados (viruela vacuna, viruela de los camellos, mpox), puede afirmarse que se ha detectado el virus de la viruela en un individuo del pasado.

La datación por radiocarbono de los propios restos y el análisis filogenético del material recuperado permiten después situar el hallazgo en el tiempo y en el árbol evolutivo del patógeno. Y ahí es donde el resultado se vuelve histórico: las secuencias chilenas se agrupan con linajes euroasiáticos, no con una supuesta rama americana independiente. Es decir, el virus fue importado, no autóctono.

Antecedentes que encajan

El hallazgo no llega aislado. En 2016, un equipo recuperó un genoma casi completo de Variola en la momia de un niño enterrado en una cripta de Vilna (Lituania) en el siglo XVII. En 2020, otro trabajo publicado también en Science identificó variola en restos vikingos del norte de Europa fechados en torno al año 600-1050 d. C., adelantando en un milenio la presencia confirmada del virus en el continente europeo. Con esas piezas sobre la mesa, faltaba precisamente la del otro lado del océano: la prueba de que ese linaje euroasiático había desembarcado en América.

Las fuentes escritas ya trazaban el itinerario. La primera epidemia inequívoca de viruela en el Nuevo Mundo estalló en La Española a finales de 1518. En 1520 alcanzó la costa mexicana con la expedición de Pánfilo de Narváez y se abatió sobre Tenochtitlan durante el asedio de Cortés. Desde allí y desde el istmo, la enfermedad viajó por rutas de comercio indígenas más rápido que los propios conquistadores: hacia 1524-1527 una gran mortandad recorrió los Andes y, según las crónicas, se llevó por delante al Inca Huayna Cápac y a su heredero, desencadenando la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa que Francisco Pizarro encontró en curso al llegar en 1532.

Qué significa (y qué no)

Conviene precisar el alcance. El estudio confirma el origen europeo del virus, pero no convierte a la viruela en la única causa del colapso demográfico americano, estimado por muchos autores entre el 70 % y el 90 % de la población en el siglo posterior al contacto. Sarampión, gripe, tifus, fiebre entérica y paludismo actuaron en sucesión, sobre poblaciones sin inmunidad previa y, sobre todo, debilitadas por la guerra, el desplazamiento forzoso, la esclavitud, el trabajo en las minas, la ruptura de los sistemas agrícolas y el hambre. La biología no absuelve a la historia: los virus mataron más y mejor donde la violencia colonial había destruido antes las condiciones de vida.

El trabajo también tiene un valor metodológico. Demuestra que los archivos biológicos del desierto de Atacama pueden documentar epidemias invisibles para la arqueología ósea, y abre la puerta a rastrear otros patógenos del contacto en colecciones sudamericanas. Ese potencial exige, en paralelo, protocolos éticos rigurosos y la participación de las comunidades descendientes en las decisiones sobre el muestreo destructivo de sus antepasados.

Por último, hay una lectura para el presente. La viruela fue declarada erradicada en 1980, el único gran triunfo definitivo de la salud pública frente a una enfermedad humana. Pero su historia americana recuerda con crudeza lo que ocurre cuando un patógeno alcanza una población inmunológicamente virgen y un contexto social ya fracturado. Cinco siglos después, con los ortopoxvirus emparentados —como el mpox— dando señales de reemergencia y con la inmunidad poblacional frente a ellos desvanecida tras el fin de la vacunación, esas dos momias chilenas no son solo un documento del pasado: son una advertencia.

Generado por Claude Opus 5 high

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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