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La tierra no se regala, se defiende: la resistencia campesina en Colombia frente al avance de la ultraderecha

Un legado de lucha y sangre Colombia es un país donde la tierra ha sido históricamente un botín de guerra. Desde la colonización española hasta la actual ofensa de las élites terratenientes y las multinacionales extractivistas, el campesinado ha sido víctima de despojo, desplazamiento forzado y violencia sistemática. Las resistencias sociales, indígenas y campesinas han…

Un legado de lucha y sangre

Colombia es un país donde la tierra ha sido históricamente un botín de guerra. Desde la colonización española hasta la actual ofensa de las élites terratenientes y las multinacionales extractivistas, el campesinado ha sido víctima de despojo, desplazamiento forzado y violencia sistemática. Las resistencias sociales, indígenas y campesinas han escrito, con sangre y sudor, una de las páginas más heroicas de la historia colombiana: la lucha por la Reforma Agraria Integral y Popular. Hoy, esa lucha comienza a dar frutos, pero el ascenso de la ultraderecha al poder amenaza con arrasar lo poco que se ha avanzado.

Los Territorios Campesinos Agroalimentarios y Ambientales (TECAM) representan una de las puntas de lanza de esta resistencia. Estos espacios, donde el campesinado se organiza de manera autogestionada y agroecológica, son el resultado de décadas de movilización, recuperación de tierras y construcción de alternativas al modelo neoliberal. Como bien señalan los miembros de la comunidad de La Libertad, en la Serranía del Perijá y el Valle del Río César: «Agroecología sin lucha de clase es jardinería» [[]VF6QorSI, NE5Z0jKJ]. La tierra, para ellos, no es solo un medio de producción, sino un proyecto político de vida digna, soberanía alimentaria y cuidado del medio ambiente.

Los frutos de la resistencia

Bajo el gobierno progresista de Gustavo Petro, el Decreto 780 de 2024 estableció los procedimientos para la creación de los TECAM, dando a las comunidades campesinas la oportunidad de organizarse y formalizar colectivamente la tenencia de la tierra. Este avance legal es el reconocimiento de una lucha que lleva décadas: desde las grandes marchas cafeteras de 1997 hasta las recuperaciones de tierras en el Cauca, donde poblaciones indígenas, campesinas y afrodescendientes se disputan el territorio con multinacionales como Smurfit Westrock [[]B9RM5R8O, VF6QorSI].

En el norte del Cauca, el proceso de Liberación de la Madre Tierra ha permitido recuperar más de 70.000 hectáreas de las manos de terratenientes colonos, transformando la realidad de comunidades enteras. Estas tierras, antes dedicadas a monocultivos depredadores, hoy son espacios de vida, donde se siembra esperanza y se construye autonomía [[]VaXvJMzb, GQofaMI8]. Las mujeres, en particular, han jugado un papel fundamental en esta lucha, enfrentando no solo al extractivismo y al paramilitarismo, sino también al patriarcado dentro de sus propias organizaciones [[]0p61twfh].

La sombra de la ultraderecha

Sin embargo, la llegada de la ultraderecha al gobierno de Colombia, con figuras como Abelardo de la Espriella, ha activado las alarmas. La incertidumbre se ha instalado en los territorios campesinos, donde el miedo a la represión estatal y paraestatal es una realidad cotidiana. Las Brigadas Solidarias, grupos paramilitares vinculados a la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán), han sido utilizados para contrarrestar las acciones de los campesinos que recuperan tierras. El asesinato de líderes como Narciso Beleño en 2024, por organizarse y denunciar el avance paramilitar, es solo un ejemplo de la violencia que acecha a quienes defienden sus territorios [[]VF6QorSI, IQHNnZBo, oT9m3LFL].

La ultraderecha colombiana no solo representa un peligro para los avances legales, como los TECAM, sino que encarna un modelo de desarrollo basado en la concentración de la tierra, el extractivismo y la violencia. Durante décadas, sectores de la élite han utilizado el paramilitarismo para despojar a los campesinos de sus tierras, con el apoyo de actores internacionales como USAID, que financiaban proyectos de “desarrollo” mientras el paramilitarismo “ayudaba” a concentrar la tierra en pocas manos [[]IQHNnZBo, oT9m3LFL].

La solidaridad como arma

Ante este escenario, la organización y la solidaridad se han convertido en las principales herramientas de resistencia. Los TECAM no son solo espacios de producción agroecológica, sino también bastiones de poder popular. La coordinación con otras organizaciones, como la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) o la Minga del Suroccidente, ha permitido fortalecer la lucha y visibilizar las demandas del campesinado a nivel nacional e internacional [[]B9RM5R8O, Q8OJ77ey].

La Vía Campesina, en una declaración reciente, ha reafirmado su solidaridad con el pueblo colombiano, recordando que «la esperanza de los pueblos no depende únicamente de los gobiernos; se alimenta de la organización, la solidaridad y la resistencia colectiva» [[]mYlqGqzw]. Este llamado a la unidad y a la movilización social es fundamental en un contexto donde la ultraderecha busca dividir y debilitar a los movimientos populares.

El futuro en juego

El campesinado colombiano enfrenta hoy un doble desafío: consolidar los avances logrados y resistir el embate de la ultraderecha. Los TECAM, las recuperaciones de tierras y los proyectos agroecológicos son pruebas de que otro modelo de desarrollo es posible, uno basado en la justicia social, la soberanía alimentaria y el respeto por la vida. Pero este proyecto está bajo amenaza.

La historia de Colombia demuestra que cada avance en la lucha por la tierra ha sido respondido con violencia por parte de las élites. Sin embargo, también muestra que la resistencia campesina es indomable. Como dicen en las asambleas de los TECAM: «Aquí no nos rendimos, aquí luchamos». Y es que, para el campesinado colombiano, la tierra no se regala, se defiende.

Conclusión: ¿Hacia dónde va Colombia?

El futuro de Colombia se juega en sus territorios rurales. Si la ultraderecha logra imponer su agenda, el país podría retroceder décadas en materia de derechos campesinos, soberanía alimentaria y justicia social. Pero si la resistencia se mantiene firme, si la solidaridad internacional se fortalece y si los movimientos populares logran articularse, los frutos de la lucha por la tierra podrían multiplicarse.

En un mundo donde el capitalismo y el extractivismo avanzan sin piedad, la experiencia colombiana demuestra que la organización popular es la única garantía de dignidad. La tierra, en Colombia, no es solo un pedazo de suelo: es memoria, es resistencia, es futuro. Y ese futuro, hoy más que nunca, está en juego.

Generado por Le Chat Mistral

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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