
La madrugada de hoy quedará grabada en los anales de la historia colombiana como el momento en que el país, exhausto y fracturado, decidió dar un salto al vacío hacia el populismo de ultraderecha. Tras una jornada electoral agónica, marcada por una tensión que se respiraba en cada puesto de votación, los datos oficiales de la Registraduría han confirmado lo que muchos temían y otros tantos celebraban con un fervor casi religioso: Abelardo De la Espriella es el nuevo presidente electo de Colombia.
Con una ventaja mínima —apenas unas décimas por encima del candidato de la coalición de izquierdas, Iván Cepeda—, el polémico abogado y esteta del “derechismo sin complejos” ha logrado capitalizar el descontento, el miedo y una narrativa de “orden y autoridad” que ha permeado en los estratos más profundos de una sociedad que no termina de sanar sus heridas. Este resultado no es solo un fenómeno local; es la confirmación definitiva de que América Latina está viviendo un viraje tectónico hacia una derecha radical, mesiánica y profundamente crítica con las instituciones liberales.
El triunfo de la estética del poder
Abelardo De la Espriella no es un político convencional. Su ascenso representa la victoria de la política-espectáculo fusionada con una ideología reaccionaria. Durante la campaña, De la Espriella no se presentó como un administrador, sino como un “salvador” con puño de hierro y trajes de seda. Su discurso, destilado en redes sociales y medios de comunicación masivos, ha sabido tocar las fibras de una ciudadanía que asocia la seguridad con la supresión de libertades y la prosperidad con el desmantelamiento de lo público.
La derrota de Iván Cepeda, un hombre cuya trayectoria ha estado ligada a la defensa de los derechos humanos y al cumplimiento de los acuerdos de paz, marca el fin de la breve primavera progresista que intentó transformar las estructuras de poder en Colombia. Cepeda, a pesar de su solidez intelectual y su propuesta de una “Colombia Potencia de Vida”, no pudo contrarrestar la virulencia de una campaña basada en el estigma, el miedo al “comunismo” y la promesa de un retorno a una supuesta edad de oro de la seguridad democrática.
Un patrón regional: El eco de Milei y Bukele
Lo ocurrido en Colombia esta madrugada no puede entenderse de forma aislada. La victoria de De la Espriella es el último eslabón de una cadena que incluye a Javier Milei en Argentina y a Nayib Bukele en El Salvador. Estos líderes comparten un ADN común: el desprecio por el consenso, la utilización del sistema democrático para socavar sus propios frenos y contrapesos, y una retórica que divide al país entre “ciudadanos de bien” y “enemigos de la patria”.
América Latina parece estar cerrando el ciclo de la “marea rosa” para abrazar un modelo que algunos analistas ya denominan “autoritarismo de mercado”. En este esquema, se promete libertad económica absoluta mientras se restringen los derechos civiles y sociales. De la Espriella, admirador confeso de las políticas de mano dura, ha prometido una “limpieza institucional” que pone en jaque la independencia judicial, un terreno que él conoce bien desde su faceta de abogado litigante de las élites más cuestionadas del país.
El riesgo para la paz y los derechos humanos
La mayor preocupación que genera la llegada de la ultraderecha al Palacio de Nariño es el destino de los acuerdos de paz y la situación de los líderes sociales. De la Espriella ha sido un crítico feroz de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y de cualquier intento de solución negociada al conflicto armado que aún persiste en las periferias del país.
Su enfoque, centrado exclusivamente en la derrota militar y la criminalización de la protesta social, augura un recrudecimiento de la violencia en el campo. El discurso de odio, que ha sido el motor de su campaña, ya está surtiendo efecto: la polarización en las calles es absoluta. Al ganar por un margen tan estrecho, De la Espriella no hereda un país, sino una grieta profunda que parece dispuesto a ensanchar en lugar de cerrar.
Para el movimiento de derechos humanos, la figura de Cepeda representaba una garantía de interlocución. Con su derrota, se pierde el puente entre el Estado y las víctimas. En su lugar, se instala una narrativa que niega el conflicto, que estigmatiza la labor de los defensores y que busca restaurar un orden social jerárquico y excluyente.
La economía del privilegio
En el plano económico, la victoria de la ultraderecha supone un retorno al neoliberalismo más ortodoxo, teñido de un nacionalismo populista. De la Espriella ha prometido recortes masivos en gasto social, privatizaciones de los activos estatales que aún quedan y una desregulación ambiental que amenaza los ecosistemas estratégicos de Colombia en favor de las industrias extractivas.
Mientras Cepeda proponía una transición energética y una reforma agraria que democratizara la propiedad de la tierra, el programa del nuevo presidente electo se centra en blindar los privilegios de las castas económicas tradicionales, a las que él mismo pertenece por adopción y defensa legal. El “giro a la derecha” es, en esencia, una contraofensiva de las élites que se sintieron amenazadas por la posibilidad de una redistribución de la riqueza.
Una democracia en la cuerda floja
¿Qué esperar de los próximos cuatro años? La experiencia internacional con líderes de este perfil sugiere un debilitamiento sistemático de la democracia desde dentro. De la Espriella ha insinuado en múltiples ocasiones la necesidad de reformar la Constitución para “adecuarla a los nuevos tiempos”, lo que muchos interpretan como un intento de perpetuarse en el poder o de eliminar los controles que el Congreso y las Cortes ejercen sobre el Ejecutivo.
La comunidad internacional observa con cautela. Colombia ha pasado de ser un referente de búsqueda de paz y transformación social a convertirse en un nuevo laboratorio del populismo de derecha radical. La estrechez de su victoria (por la mínima, como recalcan los titulares) le otorga una legitimidad legal, pero carece del consenso social necesario para gobernar un país tan complejo.
Conclusión: El despertar en una nueva realidad
Colombia se ha despertado hoy bajo una nueva égida. La victoria de Abelardo De la Espriella no es solo un triunfo electoral; es un síntoma de una enfermedad global: la desilusión con la política tradicional que termina arrojando a los pueblos a los brazos de demagogos carismáticos.
El “giro a la derecha” en América Latina se consolida en el país que alguna vez fue el corazón del progresismo andino. Ahora, la resistencia recaerá en una sociedad civil que deberá aprender a defender sus conquistas frente a un gobierno que las ve como obstáculos. La madrugada nos ha dejado una noticia importante, sí, pero también una advertencia: cuando la democracia no logra resolver las desigualdades, la extrema derecha aparece con sus soluciones simplistas y sus espejismos de orden, cobrándose, a cambio, el alma misma de la libertad.
La era de De la Espriella comienza hoy, y con ella, una incertidumbre que nubla el horizonte de una Colombia que sigue buscando, sin éxito, la paz y la justicia social. El espejo de la ultraderecha nos devuelve una imagen distorsionada de nosotros mismos, una que prioriza la estética sobre la ética y la fuerza sobre la razón. Queda por ver si las instituciones colombianas son lo suficientemente sólidas para resistir el embate de quien hoy se siente el dueño absoluto de la voluntad popular.




