Un resultado que refleja una sociedad dividida

En junio de 2026, Colombia vivió unas elecciones presidenciales que dejaron al descubierto las profundas divisiones de su sociedad. Abelardo de la Espriella, un político sin convicciones claras más allá del enriquecimiento personal y la evasión de problemas judiciales, se alzó con la victoria. Su triunfo, sin embargo, no fue contundente: Iván Cepeda, candidato progresista, quedó a solo 200000 votos de distancia, un margen mínimo que sugiere un cambio lento pero significativo en el panorama político del país.
Hace una década, en 2006, el entonces presidente Álvaro Uribe había vencido a su oponente por un 40%. Ahora, la diferencia es de menos del 1%. Este estrechamiento de la brecha electoral indica que el macartismo —esa obsesión por perseguir y demonizar a la izquierda— está perdiendo fuerza, aunque a un ritmo más lento de lo deseable. Colombia, un país con una historia de violencia política entre liberales y conservadores, parece estar dando pasos hacia una mayor aceptación de la diversidad ideológica, pero el camino es arduo y lleno de obstáculos.
Contrapesos institucionales: la resiliencia de la democracia
A pesar del descontento que genera la victoria de De la Espriella, según, David Osorio, reconoce que Colombia cuenta con instituciones sólidas que actúan como contrapesos al poder ejecutivo. La Constitución de 1991, aunque imperfecta, ha demostrado ser un pilar fundamental para la estabilidad democrática. Intentos de desmantelarla por parte de figuras como Uribe o el propio Gustavo Petro han fracasado, en gran medida gracias a la acción de la Corte Constitucional, que ha jugado un papel clave en la protección de los derechos fundamentales.
Además, el Congreso, donde el Pacto Histórico (la fuerza política de Petro) es la bancada más numerosa, limita el margen de maniobra del nuevo gobierno. Esto contrasta con el primer gobierno de Uribe, donde el Ejecutivo tenía un control casi absoluto. Aunque se esperan daños institucionales, sociales y jurídicos durante el mandato de De la Espriella, la existencia de estos contrapesos ofrece cierta tranquilidad.
El ocaso del uribismo y el surgimiento de un nuevo resentimiento
Uno de los desarrollos más positivos de estas elecciones es el declive de Álvaro Uribe, una figura que dominó la política colombiana durante dos décadas. Su partido, el Centro Democrático (de extrema derecha, pese a su nombre), quedó en segundo lugar en el Congreso, y su candidata, Paloma Valencia, fue relegada al tercer puesto en la primera vuelta. Uribe ya no controla la agenda nacional, y su futuro judicial sigue siendo incierto, con procesos abiertos en su contra y familiares vinculados a casos de corrupción.
Sin embargo, el fin del uribismo no significa el fin del problema que lo hizo posible. De la Espriella no es un líder con propuestas, sino un oportunista que ha sabido explotar el resentimiento de un sector de la población. Su campaña se basó en una retórica incendiaria, como la promesa de “destripar a la izquierda”, y en la apropiación de símbolos nacionales, como la camiseta de la selección de fútbol. Para sus seguidores, la política no es un debate de ideas, sino un partido de fútbol donde lo único que importa es ganar, sin importar las consecuencias.
El problema es que, en Colombia, el resentimiento es un motor electoral. Una parte significativa del electorado vota movida por el odio hacia la izquierda, hacia Petro, hacia las FARC, o hacia cualquier chivo expiatorio que los medios y los líderes de derecha les presenten. Este sector no está interesado en el análisis racional ni en la autocrítica. Por ejemplo, aunque Petro logró avances sociales (como sacar a millones de la pobreza y aumentar los ingresos de la clase trabajadora), sus detractores lo odian simplemente por su pasado en la guerrilla o por su ideología, sin importar los hechos.
El sistema de salud: un ejemplo de la distorsión política
El artículo usa el sistema de salud colombiano como caso de estudio para ilustrar cómo el resentimiento distorsiona el debate público. Durante 35 años, el sistema ha estado en manos de EPS (Entidades Promotoras de Salud), intermediarios privados que han desviado recursos públicos para construir sus propias clínicas y hospitales, priorizando sus intereses sobre la salud de los ciudadanos. Este modelo, diseñado por Uribe y César Gaviria, ha llevado al sistema al borde del colapso.
Cuando Petro intentó reformarlo, las EPS reaccionaron negando medicamentos y tratamientos, y la culpa recayó sobre el gobierno. Aunque la reforma de Petro tenía fallas (como la falta de un plan claro o la negación a dialogar con las EPS), la pregunta fundamental sigue sin respuesta: ¿Por qué el dinero de los contribuyentes debe usarse para subsidiar negocios privados en lugar de garantizar salud para todos?
El debate se convirtió en una guerra moral entre bandos, donde los hechos importan menos que la ideología. Los resentidos, en lugar de analizar las causas estructurales del problema, prefieren culpar a Petro o a la izquierda en general.
La manipulación mediática y la falta de autocrítica
Los medios de comunicación colombianos han jugado un papel clave en la cultivación del resentimiento. Durante años, han presentado una narrativa sesgada donde los crímenes de la guerrilla (como los de las FARC) recibían más atención que los de los paramilitares, a pesar de que estos últimos causaron más muertes. Esta distorsión ha llevado a que muchos colombianos crean que el principal problema del país es la guerrilla, ignorando que su existencia es consecuencia de dos decisiones de política pública: la falta de presencia estatal en todo el territorio y la guerra contra las drogas, una estrategia fallida que ha perpetuado la violencia.
En las elecciones de 2026, los medios enmarcaron la contienda como una falsa equivalencia entre dos extremismos: De la Espriella (extrema derecha) y Cepeda (presentado como extrema izquierda, aunque en realidad defiende derechos humanos e institucionalidad, valores que también pueden ser compartidos por una derecha no extremista). Esta simplificación ha contribuido a polarizar aún más el debate.
El tigre amaestrado: ¿víctimas o cómplices?
El artículo plantea una pregunta incómoda: ¿Son los votantes resentidos víctimas o cómplices del sistema? Su odio hacia la izquierda los ha llevado a apoyar a líderes como De la Espriella, quien, irónicamente, ha nombrado en su gobierno a figuras controvertidas, como el exguerrillero Carlos Alonso Lucio, sin que esto genere el mismo nivel de indignación que produciría si lo hubiera hecho Petro.
Los seguidores de Uribe y De la Espriella no aplican el mismo rasero a sus líderes. Mientras critican duramente a Petro por su pasado en la guerrilla, no les importa que Uribe haya negociado con las FARC o que su partido haya acogido a exguerrilleros como Rosemberg Pabón. Su resentimiento es selectivo: solo se activa cuando el objetivo es la izquierda.
El contexto internacional: Colombia como peón en el tablero global
La victoria de De la Espriella no solo tiene implicaciones nacionales, sino también internacionales. Su alineamiento con Donald Trump y el proyecto del “Escudo de las Américas” (una alianza de países alineados con la agenda fascista de la Fundación Heritage) podría convertir a Colombia en un vasallo de Estados Unidos, sacrificando su soberanía en beneficio de los intereses de las élites estadounidenses.
Trump busca restaurar un orden feudal global, donde las potencias (EE.UU., Rusia, China) dominen sus respectivas zonas de influencia. En este esquema, Colombia sería un escudo humano, absorbiendo los golpes para proteger los intereses de Washington. La ironía es que muchos de los votantes resentidos de De la Espriella son sionistas, que critican a los islamistas por usar a civiles como escudos, pero apoyan a un líder que los colocaría en la misma situación.
¿Hacia dónde va Colombia?
Las elecciones de 2026 dejan claro que el resentimiento es un negocio rentable. Los líderes populistas, como De la Espriella, saben que pueden movilizar a sus seguidores con discursos de odio y promesas vacías. Mientras tanto, los problemas reales del país —como la desigualdad, la corrupción y la falta de acceso a servicios básicos— siguen sin resolverse.
El artículo termina con una reflexión cruda: Colombia eligió al candidato de los multimillonarios. Cuando los votantes resentidos pierdan sus fincas, cuando sus hijos no puedan acceder a una educación digna o cuando sus nietos trabajen en condiciones de explotación, ¿se darán cuenta de que su voto contribuyó a su propia ruina? Probablemente no. Seguirán culpan a la izquierda, seguirán disfrutando de su falsa superioridad moral y seguirán creyendo que van “cargados de tigre”, sin darse cuenta de que, en realidad, son tigres de papel: amaestrados, controlados y dispuestos a rugir solo cuando sus amos se lo ordenen.
Reflexión final
Colombia está en una encrucijada. Puede seguir el camino del resentimiento y la polarización, donde la política se reduce a un juego de bandos y los hechos importan menos que las emociones. O puede intentar construir un futuro basado en el diálogo, la razón y la justicia social. El desafío es enorme, pero la alternativa —la violencia sin fin— es aún peor.
Como dice David Osorio: “La alternativa es la violencia sin fin. O la oportunidad de pelear para que las generaciones que vienen puedan, por lo menos, comprar una casa algún día en sus vidas”. La elección está en manos de los colombianos.
Generado por Le Chat Mistral
Fuente: Cargados de tigre De Avanzada




