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El museo de los muros vacíos: Abelardo de la Espriella salva a Colombia de una bandera arcoíris

Hay gobiernos que combaten la pobreza, otros que combaten la corrupción, y luego está el de Abelardo de la Espriella, que ha decidido combatir con firmeza un yembé (un tambor). Porque, como todo el mundo sabe, la mayor amenaza para la nación colombiana no estaba en el monte ni en los despachos. Estaba colgada en…


Hay gobiernos que combaten la pobreza, otros que combaten la corrupción, y luego está el de Abelardo de la Espriella, que ha decidido combatir con firmeza un yembé (un tambor). Porque, como todo el mundo sabe, la mayor amenaza para la nación colombiana no estaba en el monte ni en los despachos. Estaba colgada en la segunda planta del Museo Nacional, en Bogotá, con su ficha técnica y todo.

Los hechos, porque conviene contarlos antes de que también los retiren: el 15 de octubre, el Ministerio de Cultura ordenó desmontar obras de dos salas del Museo Nacional, el mismo día en que el presidente Abelardo de la Espriella anunció una «contrarrevolución cultural» contra el «wokismo». El presidente habló allí de “una lucha abierta, decidida y patriótica contra el wokismo”, que según él busca pervertir los valores, la tradición familiar y la identidad nacional. Ahí es nada. Menos mal que los valores de la familia tradicional ya pueden dormir tranquilos.

La orden: que desaparezca

La claridad del presidente es de agradecer. Le dijo a la ministra de Cultura, Paola Holguín, que “toda esa oda al terrorismo, en la que aparecen Pizarro y demás terroristas, desaparezca de los lugares públicos”. «Desaparecer» es un verbo con mucha historia en Colombia. No parece la mejor palabra para un museo de la memoria, pero no le pidamos sutileza a una contrarrevolución.

La ejecución tuvo su toque de película de espías. Según fuentes citadas por El Espectador, el secretario general del Ministerio de Cultura, Julián Stirling, acompañado de la directora encargada del museo, Constanza Toquica, cerró las salas mientras señalaban las piezas que serían retiradas. Las mismas fuentes afirmaron que desde la semana pasada se prohibió tomar fotografías dentro de las salas. Nada dice tanto «no tenemos nada que esconder» como prohibir las fotos.

El inventario del peligro

¿Qué amenazas se neutralizaron? El Colombiano hace la lista: afiches de las campañas presidenciales de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa, una bandera del orgullo gay, una publicación de la Fundación Sí Mujer sobre derechos reproductivos y una revista vinculada con Manuel Antonio Velandia y León Zuleta. También salió el “Balígrafo”, una pluma elaborada con una bala utilizada para firmar el acuerdo de paz con las FARC. Por fin un gobierno que entiende que lo peligroso de una bala es que la conviertan en bolígrafo.

La Silla Vacía contó las piezas una por una. De las 426 piezas de esas salas analizadas se retiraron 47, el 11 %. Y el reparto es elocuente: de todas las piezas retiradas, 14 tratan de personas LGBTI, el 30 % de lo retirado. Otras tantas muestran víctimas de la violencia, casi todas en los dibujos de Inty Maleywa, y 5 (11 %), mujeres. Otro análisis calcula que la orden afectó al 52% de las obras sobre personas LGBTI y al 28% de las dedicadas a mujeres.

Lo más gracioso es lo que se quedó. Los que aguantaron la purga: los próceres de la Independencia, de los que salió el 2 %, y los pueblos indígenas, las élites y los prehispánicos, de los que no salió nada. Las élites, intactas. Y hay otro detalle para quien quiera culpar a Petro: ninguna se armó en el gobierno de Gustavo Petro: el guion de Memoria y Nación es de 2014, del gobierno de Juan Manuel Santos, y el de Hacer sociedad, de 2019, del de Iván Duque. Resulta que el adoctrinamiento venía de Duque. Quién lo iba a decir.

La palabra mágica: adoctrinamiento

Aquí aparece el argumento universal. La ministra Holguín defendió el retiro de obras alegando que la institución no puede servir como instrumento de “adoctrinamiento político” ni difundir versiones sesgadas de la historia. La paradoja tiene su gracia. Un presidente anuncia una «contrarrevolución cultural» y le dicta al museo qué historia contar. Pero los sesgados, claro, son los otros.

A los lectores españoles el truco les sonará. Es el mismo con el que Vox y el PP, en ayuntamientos y comunidades donde gobiernan, han cancelado obras de teatro, han señalado libros y han defendido el «pin parental» (el permiso de los padres para sacar a sus hijos de ciertas charlas escolares). Todo para proteger a la infancia y a la ciudadanía de ideas peligrosas, como que las mujeres tienen derechos o que hay gente gay. El método es el mismo a ambos lados del Atlántico: lo que no te gusta lo llamas adoctrinamiento, y lo que te gusta lo llamas patrimonio.

Lo que no estaba en el guion

Al Gobierno no le salió del todo bien. Seis museos de arte moderno del país cuestionaron el retiro de al menos 30 piezas del Museo Nacional. Unos jóvenes respondieron pegando copias de las obras frente al edificio. Un estudiante de Antropología lo resumió así: “Si quitan 30 piezas, las vamos a pintar la mayoría de las veces que podamos en la calle”. El Gobierno contestó con su propio lenguaje. Las protestas fueron dispersadas con gases lacrimógenos y carros lanzagua durante dos días consecutivos. Diálogo cultural, versión 2026.

Después llegó la justicia. El Juzgado 24 admitió una tutela en contra del retiro de piezas artísticas del Museo Nacional. La primera consecuencia es que el Ministerio de Cultura debe proteger las piezas retiradas, lo que implica que estas no podrán ser destruidas, alteradas ni sacadas del mencionado Museo Nacional en Bogotá. Los demandantes sostienen que la medida “es censura” y “vulnera el derecho a la igualdad y la prohibición de discriminación por orientación sexual e identidad de género”.

Hoy, las paredes del segundo piso del Museo Nacional, en Bogotá, conservan las marcas de lo que colgaba en ellas: los rectángulos que dejaron los cuadros y los letreros con sus descripciones. Sin querer, el Gobierno ha montado la exposición más honesta de su mandato: una sala de huecos. Si se quiere entender el proyecto, basta con mirar esos rectángulos. Es la historia con tijera.

Primero fueron las banderas, luego los carteles de candidatos asesinados y después la pluma de la paz. Estamos a un tris de oír que los derechos humanos son adoctrinamiento. Al tiempo.


Fuentes consultadas


Notas:

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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