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Más allá de Uribe: cómo el ultraderechismo colombiano se vuelve contra su propio padre

Introducción: la fractura de una hegemonía Colombia atraviesa un cisma político que trasciende el pulso entre el gobierno de Gustavo Petro y la oposición tradicional. La derecha colombiana, lejos de ser un bloque monolítico, se encuentra en plena guerra intestina. Durante dos décadas, el uribismo—el movimiento forjado alrededor de la figura de Álvaro Uribe y…

Introducción: la fractura de una hegemonía

Colombia atraviesa un cisma político que trasciende el pulso entre el gobierno de Gustavo Petro y la oposición tradicional. La derecha colombiana, lejos de ser un bloque monolítico, se encuentra en plena guerra intestina. Durante dos décadas, el uribismo—el movimiento forjado alrededor de la figura de Álvaro Uribe y su partido, el Centro Democrático—fue la fuerza hegemónica que monopolizó el discurso de la seguridad y el libre mercado. Sin embargo, en el último año, una corriente más radical, encarnada en la figura del abogado y exparlamentario Miguel de la Espriella, está ejecutando una marginación sistemática de la derecha tradicional. Este núcleo duro considera que el uribismo ha fracasado, que se ha “institucionalizado” y que ha traicionado la lucha contra el socialismo del siglo XXI. La pregunta clave es: ¿por qué un sector ultra está desbancando a Uribe en su propio terreno? La respuesta radica en la profundización del odio político, la frustración popular ante la inseguridad, y la habilidad del extremismo para monopolizar el lenguaje de la “salvación nacional” en una era de redes sociales y polarización absoluta.

El perfil del disruptor: Miguel de la Espriella

Para comprender la marginalización, hay que analizar al protagonista. De la Espriella, oriundo de Córdoba, no es un advenedizo; tiene un largo historial en la derecha dura colombiana. Fue senador del Centro Democrático, donde compartió curul con los fieles seguidores de Uribe, pero se distanció al considerar que el partido se desviaba de sus raíces radicales. Abandonó la colectividad para convertirse en una voz independiente, pero con una altavoz gigante: las redes sociales y una presencia mediática constante en canales de YouTube y X (antes Twitter). Su discurso es apocalíptico y maniqueo: el gobierno de Petro es una “dictadura comunista”, el Estado colombiano está colapsado y solo una “refundación política” basada en la fuerza militar y la exclusión total del adversario puede salvar la nación. Mientras el uribismo histórico habla de mantener el orden constitucional (aunque sea beligerante), De la Espriella va más allá: propone una “depuración ideológica”, la suspensión de garantías para la izquierda y una estigmatización violenta del disidente, llegando a revivir conceptos como el “enemigo interno” que recuerdan los momentos más oscuros de la historia del país.

El “fracaso” percibido del uribismo como combustible

La principal munición de De la Espriella es la supuesta inoperancia del uribismo para detener a Petro. Durante los dos últimos años, el Centro Democrático ha sido el principal muro de contención en el Congreso, pero con resultados limitados. Las reformas de Petro, aunque debilitadas, han avanzado. La popularidad de Uribe está en mínimos históricos, y el expresidente se ha visto asediado por procesos judiciales, lo que le ha restado capacidad de movilización callejera. De la Espriella capitaliza directamente esta frustración del electorado tradicional. Argumenta, con retórica incendiaria, que Uribe “entregó el país a los violentos”, que su partido se ha “aburguesado” y que se ha doblegado ante la presión internacional (EE.UU. y la Unión Europea) para tolerar al chavismo colombiano. Para el ultra, el uribismo no es el enemigo, sino un obstáculo dentro de la derecha. Es un “traidor a la causa” porque aún cree en la institucionalidad, en la negociación y en el respeto a las reglas del juego democrático, elementos que el sector extremista considera signos de debilidad.

La captura de las bases: el discurso de la “mano dura” y el miedo

Este discurso ha calado en una base social profundamente afectada por el incremento de la violencia y la percepción de caos. En regiones como Antioquia, el Valle del Cauca o el Meta, la narrativa de la “seguridad democrática” que consagró a Uribe entre 2002 y 2010 se ha erosionado. Las nuevas generaciones no vivieron esa época o la recuerdan con nostalgia, pero ven que hoy los disidentes de las FARC, el ELN y las bandas narco expanden su control territorial. De la Espriella ofrece una solución brutal y sencilla: declarar estados de conmoción interior permanentes, militarizar las ciudades y ejecutar “operaciones de limpieza” contra todo aquel que sea catalogado como cómplice del régimen. En lugar de pedir al Congreso que bloquee leyes, el ultra incita abiertamente a la desobediencia civil armada o la intervención militar. Utiliza las redes sociales como un altavoz, generando cámaras de eco donde sus seguidores—los “verdaderos patriotas”—deslegitiman cualquier propuesta de pacto o diálogo. El uribismo, por miedo a perder votos y por su instinto de supervivencia institucional, se ve abocado a moderar sus discursos, lo que lo hace parecer débil frente a la virulencia de su rival. Así, el centro de gravedad de la derecha se desplaza: ya no se busca la victoria electoral tradicional, sino la destrucción total del rival político, y De la Espriella es quien da voz a esa pulsión destructiva.

La respuesta uribista: a la defensiva y sin norte

Ante esta embestida, el uribismo tradicional se encuentra en una situación incómoda. Líderes consolidados como Paloma Valencia o María Fernanda Cabal intentan erigirse como la resistencia total, pero terminan incurriendo en una paradoja: para contrarrestar a De la Espriella, deben radicalizar aún más sus posturas, lo que les hace caer en su terreno pantanoso. Uribe mismo, en conferencias y redes, mantiene un discurso de firmeza, pero ya no posee la fuerza de convocatoria masiva para llenar estadios como antaño. Su imagen está asociada a los escándalos judiciales (los procesos de falsos positivos, las ‘chuzadas’ del DAS), lo que De la Espriella utiliza sin reparos, no para criticarlo éticamente, sino para socavar su autoridad moral: “Uribe no puede hablar de lucha contra la impunidad porque él es un procesado”. Esta estrategia de “mutuo canibalismo” ha debilitado al partido, que ve cómo su base se fractura. La marginación no se manifiesta necesariamente en una pérdida de escaños (aunque en las últimas elecciones regionales perdieron varias capitales), sino en la pérdida de autoridad simbólica. De la Espriella ya no es el loco marginal; es el nuevo héroe de las clases medias radicalizadas, y su discurso domina la conversación digital, donde hoy se teje el poder político real.

Implicaciones para la democracia colombiana

Esta erosión de la derecha tradicional hacia el extremismo no es un hecho aislado, sino el síntoma de un fenómeno global: la multiplicación de ultraderechas que no creen en los contrapesos democráticos. Si bien el uribismo fue autoritario en sus métodos de seguridad, nunca desafió abiertamente la institucionalidad como lo hace De la Espriella, que coquetea con la idea del “golpe de estado preventivo” si Petro intenta perpetuarse. La marginación de Uribe permite que el discurso ultra se normalice, generando un clima de hostilidad donde la violencia política—incluida la parapolítica—puede reaparecer con mayor naturalidad. La defensa a ultranza de la “libertad de expresión” se convierte en la bandera para difundir discursos de odio contra los líderes sociales, la prensa crítica o los opositores. Las consecuencias ya se vislumbran en las calles: enfrentamientos entre simpatizantes de ambas facciones, amenazas contra funcionarios del gobierno y una crispación social que dificulta aún más la búsqueda de acuerdos mínimos.

Conclusión: el mono creado por Uribe

En definitiva, la marginación que sufre la derecha de Uribe a manos de De la Espriella es la consecuencia lógica de una polarización llevada al extremo. Uribe abrió la puerta a un discurso de exclusión y odio para combatir a la guerrilla; ahora, esa misma energía es utilizada contra su propio legado. De la Espriella encarna la victoria de la pulsión radicalizada sobre la pragmática política instrumental. Representa a una base que ya no quiere elecciones controladas, sino una cruzada. Mientras el uribismo intenta salvar los muebles de la democracia representativa, la ultraderecha se posiciona como la única alternativa que promete arrasar con todo, incluyendo al mismísimo Álvaro Uribe. Si esta tendencia persiste, Colombia podría ver un escenario donde el centro derecha desaparece, entregando el tablero político a un choque frontal entre el petrismo y un nuevo fascismo criollo, un escenario que solo alimentará la espiral de violencia que el país ha intentado superar durante décadas. El uribismo, que alguna vez se consideró la muralla contra el comunismo, deberá decidir si renuncia a sus principios de legalidad para sobrevivir, o si se disuelve lentamente bajo la sombra imparable de sus propios halcones.

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Acerca de la autora

Sindy Lorena, colombiana de Bogotá.

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