
Colombia es uno de los grandes polos del modelaje webcam, aunque afirmar que es “uno de los países donde más rápido crece” exige una nota al pie: no hay un censo sectorial ni series comparables que certifiquen ese podio. advierte que incluso medir el tamaño mundial de la industria es difícil. Para Colombia recoge estimaciones de decenas de miles de modelos y miles de estudios, atribuidas a fuentes del sector, no a un registro oficial. El negocio es considerable; su velocidad de crecimiento, de momento, parece más cifra de presentación comercial que dato demográfico.
También conviene traducir “completamente desregulada” a un lenguaje más preciso: falta un marco sectorial integral, pero la actividad no está fuera de la ley. En la , la Corte Constitucional reconoció, en el caso que estudió, una relación laboral entre una modelo y el dueño de un estudio. La Corte señaló que, si hay servicio personal, subordinación y remuneración, importa la realidad del vínculo, no el nombre elegante del contrato. Además, exhortó al Congreso a regular la actividad. Así que el problema no es “aquí no hay ley”, sino que faltan reglas específicas y que, a veces, hacer valer derechos requiere llegar a los tribunales.
La conversación suele ofrecer dos guiones, ambos muy cómodos para quienes miran desde fuera. En el primero, si una mujer dice que eligió el trabajo, es una empresaria empoderada; en el segundo, si cuenta que la explotaron, entonces nunca eligió nada: fue víctima desde el primer minuto. Los dos guiones ahorran la pregunta difícil. HRW entrevistó a 55 personas que trabajaban como modelos webcam en Bogotá, Cali, Medellín y Palmira. Todas dijeron que habían elegido trabajar y que no fueron obligadas; la muestra, sin embargo, fue intencional y no representa estadísticamente a todo el sector. Eso no demuestra que no haya coacción. Significa que no debemos llamar trata a cualquier decisión que nos incomode ni confundir el consentimiento inicial con un cheque en blanco para todas las condiciones posteriores.
¿Y por qué lo eligen? Las razones recogidas por HRW son poco cinematográficas: conseguir dinero para la familia, cuidar a hijos u otros parientes, pagar estudios o tratamientos de afirmación de género; algunas personas desplazadas no conseguían otro empleo. Otras habían trabajado en la calle y buscaban evitar la violencia, el acoso policial o los riesgos de ese entorno. No son razones que conviertan el oficio en un sueño profesional; tampoco prueban que alguien las haya forzado. Describen una decisión tomada entre necesidades y alternativas disponibles. La libertad luce muy amplia en el folleto, siempre que se omita la columna de opciones que faltan.
Y elegir el trabajo no equivale a aceptar cualquier cosa que ocurra dentro de él. HRW documentó turnos de hasta 24 horas en algunos estudios, pero su investigación no permite afirmar que esa sea la jornada habitual de todas ni medir cuántas trabajan “casi todos los días”. Sí encontró señales concretas: 49 de 50 modelos que respondieron sobre el tema dijeron que nunca habían visto ni firmado las condiciones de servicio de las plataformas; 38 de 50 afirmaron haber sido presionadas para realizar actos sexuales con los que no estaban cómodas. Algunas también temían perder visibilidad o ingresos si se apartaban de la cámara para descansar. Mucha autonomía, en efecto: puedes elegir el vestuario, mientras el algoritmo parece elegir cuándo te permite ir al baño.
Hay otra precisión importante. La evidencia consultada no cuantifica cuántas modelos querrían abandonar el sector para dedicarse a otra profesión. Lo que HRW encontró de forma generalizada es que muchas preferirían transmitir desde casa, pero carecen de privacidad, computador, experiencia técnica o conexión a internet. Y salir del estudio tampoco siempre es sencillo: 42 de 50 modelos dijeron que no podían llevarse su cuenta al marcharse. La promesa de “puedes irte cuando quieras” suena distinta si, al salir, pierdes la cuenta, los seguidores y la posibilidad de reconstruir tus ingresos. La libertad de entrar importa; la de salir también.
OnlyFans y el camming no son exactamente el mismo trabajo, aunque ambos formen parte de la economía sexual mediada por plataformas. Un estudio sobre describe una mezcla de flexibilidad y autonomía con precariedad económica y dependencia de intermediarios. En Colombia, una investigación cualitativa de la , basada en tres modelos con distintos arreglos laborales, concluyó que la autonomía depende del control efectivo sobre el trabajo, las plataformas y el estudio. Por eso, “universidad o depósito de Amazon” no debería funcionar como contraste entre una vida noble y otra sospechosa: estudiar exige tiempo y recursos; una bodega no es un monasterio laico donde el chaleco reflectante confiere dignidad automática.
El telón de fondo tampoco es una abundancia universal de empleos estables. Según el , durante junio-agosto de 2026 el 51,7 % de las mujeres ocupadas trabajaba en la informalidad. Esa cifra no describe a las modelos webcam ni explica por qué una persona entra al sector. Sí recuerda que la precariedad laboral no es una rareza exclusiva de las pantallas, por mucho que nos sorprenda más cuando el algoritmo mira un cuerpo que cuando mira cualquier otra jornada.
La pregunta, entonces, no es solo “¿por qué lo eligen?”, sino “¿qué opciones tenían delante y cuáles podían permitirse?”. ¿Podían acceder a otro trabajo con ingresos suficientes, horarios compatibles con los cuidados y condiciones seguras? ¿Podían negarse a un cliente, tomarse un descanso, controlar su cuenta y salir del estudio sin perder sus medios de vida? La respuesta no obliga a llamar víctimas a todas ni a presentar a cada plataforma como una incubadora de emprendimiento. Exige contratos claros, pagos transparentes, descansos, seguridad social, derecho a rechazar actos y control de las cuentas. Una elección puede ser real y, a la vez, estar hecha bajo presión económica. Si encender la cámara es más fácil que encontrar otra puerta abierta, no basta con aplaudir la libertad: habrá que preguntarse quién cerró las demás.
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